Silvio Berlusconi está de vuelta. No le basta con ser un millonario empresario que siem- pre encuentra la manera de llamar la atención: al magnate de los medios le gusta el poder y, a sus 71 años, ganó unas elecciones generales que lo llevan al Palazzo de Chigi, sede del gobierno) como primer ministro de Italia, por tercera vez desde 1994.

Il Cavaliere, como es conocido en Italia, es un sobreviviente. Rodeado siempre por la polémica y a veces por el escándalo, ha superado acusaciones de presuntos vínculos con la mafia, investigaciones judiciales —por corrupción, evasión fiscal y soborno— afecciones cardíacas, críticas por ceder ante la vanidad y practicarse una cirugía estética, así como la derrota en los comicios del 2006.

Entonces, Berlusconi era el primer ministro que más tiempo había durado en el cargo (cinco años) en la Italia de la posguerra. Llegó al poder en 2001 con la promesa de llevar su éxito como empresario al gobierno, pero perdió los comicios de 2006 en una cerrada contienda contra el partido de Romano Prodi.

Dos años después de aquellas elecciones, los italianos decidieron que quieren volver a ser gobernador por Berlusconi. Decepcionados de la centroizquierda que no logró resolver la situación económica, concedieron una nueva oportunidad a la derecha de Berlusconi. Una coalición formada por el Partido del Pueblo, la Liga del Norte y el Movimiento por la Autonomía ganó el 47.3% del Senado y el 46.8% de la Cámara, según resultados del Ministerio del Interior.

Ya no se acuerdan

Perdidos en la memoria de los italianos parecen haber quedado los habituales excesos del virtual premier. Hoy no importa que en la campaña de 2006 llamara coglioni (tontos) a los seguidores de Prodi. Tampoco parece relevante que su peculiar sentido del humor a menudo resulte ofensivo. Como cuando hace poco aconsejó a una joven que le preguntaba cómo afrontar la mala situación económica “casarse con el hijo de Berlusconi o algún otro que no tenga esos problemas”, o como cuando en el 2003 dijo, bromeando según él, que el europarlamentario alemán Martin Shulz podía protagonizar el rol de un kapo (presos que trabajaban en los campos de concentración nazis en posiciones administrativas) en una película sobre el particular.

O cuando dijo que Mussolini fue un “dictador benigno” que no asesinó a sus oponentes sino que los exilió. Los ejemplos abundan, pero sus deslices humorísticos parecen ser ya aguas pasadas.

Los italianos también decidieron pasar por alto las acusaciones, de ahora y de antes, de que Berlusconi usa su emporio mediático a favor de sus intereses políticos, creando un conflicto de intereses. Dueño de Mediaset, que controla la mayor parte de la televisión privada italiana, Il Cavaliere puede hacerse propaganda. Y ahora que regresa como primer ministro, también controlará indirectamente la televisión oficial, con lo que podrá influir en prácticamente el 90% de la televisión italiana.

Carismático y polémico, Berlusconi es el segundo hombre más rico de Italia y el número 90 del mundo, según la lista para el 2008 de la revista Forbes, con una fortuna estimada en 9.4 mil millones de dólares. Dentro o fuera del poder, siempre da de qué hablar; siempre con una gran sonrisa, se lo ha visto cantando, bromeando o rodeado de bellas mujeres. En abril de 2007 hasta se ganó el titular de “el harem de Berlusconi” para un reportaje de la revista Oggi donde aparecía con varias féminas.

Difícil panorama

La Italia que lo espera no está en las mejores condiciones: la economía registra el crecimiento más lento entre los países de la Unión Europea, previsto en 0.3% para este año por el Fondo Monetario Internacional. Según The Economist, es probable que el país caiga en recesión en los próximos doce meses.

A su favor, Berlusconi cuenta con una mayoría parlamentaria que le permitiría aprobar las reformas económica y fiscal necesarias para poner en orden las finazas públicas. Además ha expresado voluntad para colaborar con la oposición, en el marco del nuevo “bipartidismo” que vive el Parlamento italiano como resultado de las elecciones.

Por lo pronto, al magnate mediático se le ve radiante, aunque reconoce que al país le esperan “tiempos difíciles”. De entrada, dos promesas: terminar con el problema de la basura en Nápoles y resolver la situación de Alitalia, aerolínea al borde de la bancarrota.

La tercera es la vencida. Berlusconi sabe que tal vez esta sea su última oportunidad de ser recordado por los italianos como el primer ministro que levantó al país en una etapa de estancamiento. Es difícil imaginar que dentro de cinco años, a los 76, cuando está previsto que termine su actual periodo, Berlusconi se presente de nuevo a las elecciones. Aunque quién sabe, porque lo que sí es seguro es que Il Cavaliere es una caja llena de sorpresas.

Fuente:Eluniversal.com

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